“Aprendamos a decir las cosas con presteza, claramente, de forma sencilla y con una determinación serena: hablemos poco, pero con claridad; no digamos más que lo que es estrictamente necesario”.
Emile Coué
Claramente, agradecer es el verbo más enriquecedor que conjugamos y es, seguramente, de entre todo lo que hacemos, lo que nos hace más humanos; porque agradecer es poner en valor lo que se recibe mediante el reconocimiento manifiesto a quien nos lo ha dado.
La gratitud es la última pieza de la esfera de la satisfacción plena; el círculo de dar y recibir está completo cuando la palabra gracias resuena como una lluvia de estrellas y produce el silencio de la aceptación compartida.
Agradecer es más que responder, es corresponder dándole voz al valor de lo dado y sellando con una palabra infinita el albarán de recibido.
Ante lo bien hecho, agradecer.
Ante lo inesperado, agradecer.
Ante el resultado de un trabajo realizado, agradecer
Ante la naturaleza y los ciclos de la vida, agradecer.
Ante lo que es obvio, agradecer.
Ante el sobrentendido, agradecer.
Agradecer es hacer visible lo que se ha visto o lo que se ha sentido.
Se puede agradecer con muchas palabras, con una o con un simple gesto, lo único que no vale en agradecer es “darlo por hecho”.
Agradecer nos ayuda a descubrir que en las cosas más simples y pequeñas de la vida se ocultan las más grandes, pues cuando agradezco estoy dándole profundidad y color a lo que es, estoy apreciándolo y valorándolo. Por eso es tan importante y tan nutritivo para el alma, en silencio o en voz alta, ponerle el acento de la gratitud al instante que estamos viviendo, para compartirlo a quien está con nosotros o simplemente para compartirnos con el fluir de la naturaleza:
Aprecio tu amor, tu colaboración, tus buenas intenciones, tu tiempo… Gracias.
Aprecio la luz del sol, la sombra del árbol, el canto nocturno del grillo, el agua que bebo… Gracias.
Agradecer, especialmente las pequeñas cosas de la vida, centra nuestra atención en lo bello, lo simple, lo positivo y lo mágico que está en cada momento, en eso invisible que tantas veces no vemos porque nuestra mente está distraída en la queja o la crítica.
Agradecer tiene y contiene el poder de recordarme cuán afortunado soy, especialmente en los momentos que creo no serlo. El diálogo de los agradecidos es infinito, pues la palabra gracias es la levadura con la que fermenta y crece nuestra emocionalidad en el universo.
La palabra gracias
la colocas sola
en medio de la nada
y suena con eco infinito
como una campanada
que convoca a todas las aves del mundo
para que asistan a la ceremonia del amanecer
Es una palabra que dice de ti generoso
que reconoces
que ves
que sientes
que correspondes
que eres capaz de envolver el mundo
con el papel regalo de la abundancia
No olvides dar las gracias a la palabra gracias
pues cada que la pronuncias
habitas el detalle
y eres tan poderoso
que la luz de tus ojos
enciende en el universo
una estrella inédita.
El que no agradece se traga las mejores palabras de la vida, se blinda de soberbia, se envenena con autosuficiencia y teje en silencio la mortaja de su generosidad.
En el fluir de dar y recibir, gracias es la primera palabra o la última.
El que agradece, ejerce el poder de devolver y en la rueda de la vida apuesta por la generosidad, pues en la brevedad de agradecer se condensa lo mejor de lo que somos.
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Porque agradezco
© Eduardo Suárez del Real Aguilera